Isaías 38, 1 - 20

ENFERMEDAD Y CURACIÓN DE EZEQUÍAS

[1] En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, vino a decirle de parte de Yavé: «Esto te dice Yavé: Pon en orden las cosas de tu familia, porque vas a morir y no sanarás.» [2] Entonces Ezequías volvió su rostro a la pared y oró así a Yavé: [3] «Acuérdate, por favor, que te he servido fielmente con corazón honrado y haciendo lo que te agradaba.» Y se largó a llorar. [4] Entonces le llegó a Isaías una palabra de Yavé: [5] «Esto has de decir a Ezequías de parte de Yavé, el Dios de su padre David: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas; y ahora te voy a dar quince años más de vida. [6] Te libraré a ti y esta ciudad del rey de Asiria. Yo mismo protegeré la ciudad.» [22] Ezequías dijo: «¿Cuál será la señal de que subiré a la Casa de Yavé?» [7] Isaías respondió: «Yavé te va a indicar con esta señal que él cumplirá lo que yo te he dicho: [8] La sombra que proyecta el sol sobre las escaleras del palacio de Ajaz va a retroceder diez grados de los ya recorridos.» Y la sombra retrocedió diez grados de los que ya había recorrido. [21] Después Isaías dijo: «Tomen una torta de higos, aplíquenla a la llaga y el rey sanará.

» CÁNTICO DE EZEQUÍAS

[9] Poema dedicado a Ezequías, rey de Judá, que cayó enfermo y luego sanó de su enfermedad. [10] Yo decía: En la mitad de mis días ya me marcho; seré encerrado para el resto de mis años en el lugar adonde van los muertos. [11] Yo decía: No veré más al Señor en la tierra de los vivos, ya no veré a los habitantes de este mundo. [12] Mi carpa es arrancada y enrollada tirada lejos de mí, como una carpa de pastores. Como un tejedor tú enrollabas mi vida, y ahora me separas del telar. De repente cae la noche, y acabas conmigo, [13] grité hasta el amanecer. Como un león ha molido todos mis huesos. [14] Pío como la golondrina, gimo como la paloma; mis ojos han mirado hacia arriba: Señor, ten piedad de mí, responde tú por mí. [15] ¿Qué diré, y de qué le hablaré, cuando él mismo lo ha hecho? ¡Ojalá pudiera alabarlo con ocasión de mi mal todos los años de mi vida, [16] y que mi corazón viva para ti, y mi espíritu, Señor, porque me habrás sanado, haciéndome revivir! [17] Miren que mi enfermedad se cambió en salud; tú has sacado mi alma de la fosa fatal echándote a la espalda todos mis pecados. [18] Pues los muertos no te alaban, ¿podría acaso celebrarte la Muerte, o los que caen en el hoyo proclamar tu fidelidad? [19] El que está vivo, ése sí que te bendice, como yo lo hago hoy día: de padres a hijos recordarán tu fidelidad. [20] Oh Señor, ven a salvarme, y tocaremos para ti las cuerdas del arpa en la casa del Señor todos los días de nuestra vida.

[1] Esto debió suceder antes del sitio del año 701. Yavé tiene una mirada más amplia que el piadoso Ezequías. Si lo sana, por muy rey que sea, lo hace con miras a su propio proyecto de salvación para todos. Isaías ofrece la curación, de parte de Dios, lo cual va a la par con la promesa de amparar y defender a la Ciudad Santa. El «cántico de Ezequías» es un salmo de acción de gracias semejante a otros del libro de los Salmos. Expresa los sentimientos de esos creyentes del Antiguo Testamento que todavía no creían en la Resurrección. Para ellos, morir significaba perder todo, y trataban de convencer a Dios de que no ganaba nada al dejar que sus fieles desaparecieran para siempre. El Libro de la Consolación El libro de Isaías termina con la liberación de Jerusalén. Durante los primeros siglos de la monarquía, la Providencia de Dios se había manifestado con tanta frecuencia que parecía infalible; y esta vez nuevamente parecía un milagro espectacular. Senaquerib se había permitido poner sitio a la Ciudad Santa y mofarse del Dios de Israel, pero al día siguiente dejó la Judea para ir a toda prisa a Egipto que se había rebelado. Vuelto a casa, fue apuñalado por sus hijos.Y sin embargo, un siglo más tarde, Nabucodonosor se apoderó de Jerusalén, dejó el Templo en llamas y se volvió a Babilonia arrastrando tras de sí un tropel lastimoso de cautivos. Todo se había bamboleado, y la fe era cuestionada hasta sus raíces, pues si Yavé, el Dios Salvador, había sido impotente, ya no era nada. Entre los desterrados se halla el profeta Ezequiel. El afirma que los cautivos, convertidos por la prueba, volverán al país y reconstruirán la nación en la justicia. Pero, ¿habría que esperar, al término del exilio, la vuelta a una prosperidad tal como se conoció en el reinado de David ( o más bien, tal como se la imaginaba con la aureola de los tiempos pasados)? ¿Qué reservaba a Israel su Dios tan misterioso? Fue entonces cuando apareció un profeta que permaneció en el anonimato, no como uno de esos que predicaban y discutían, cuyos oráculos se escribían posteriormente, sino un hombre que escribía sus poemas y sus apóstrofes. La tradición deslizó su libro entre los pliegues del manto de Isaías, donde forma los capítulos 40 a 55.Cuatro piezas de estos poemas, a las que se ha llamado "poemas del Servidor", han atraído más la atención. Los encontraremos en 42,1-9; 49,1-7; 50,4-11; 52,13-53,12. Pero no son piezas sueltas, encajadas en un conjunto que les sería extraño. Son los momentos fuertes de una visión - o de una meditación - que desarrolla a lo largo del libro el misterio de las relaciones de Dios con su pueblo. El Servidor de Dios es Israel, sin duda alguna, pero Dios tiene en él a un muy pobre servidor, a un pueblo que es incapaz de ver y de comprender. Sin embargo, en ese pueblo, hay muchos fieles verdaderos, auténticos discípulos a los que Dios les abre los oídos para que capten lo que él querría que comprendieran. Y luego Dios sabe escogerse de entre ellos a sus servidores, los profetas, los que estarán en la vanguardia y cuyo ejemplo hará avanzar a los demás. El profeta ha usado y vuelto a emplear esta imagen del "servidor"; al comienzo, es sin duda todo Israel, pero al fin se deja dominar por su imagen, la que toma cuerpo y se transforma en el retrato de Cristo, el Redentor. Ya no valen las imágenes de la divinidad que el hombre religioso se ha ido elaborando desde el principio de la historia, al dedicar a Dios todo lo que en este mundo respira fuerza, grandeza y majestad. El oro, el mármol y el cedro de los templos... los toros y los chivos consumidos en los braseros de los altares... las túnicas bordadas, los pectorales repujados de piedras preciosas, los turbantes y tiaras para revestir a los sacerdotes... En el crisol del Exilio el profeta recibe del Espíritu una extraña revelación: el Dios que salva es un Dios que ama, y que ama a los humildes. El Dios fiel está presente entre los deportados, preparando con ellos la salvación del mundo. Todo el sufrimiento del pueblo de Dios, todas sus humillaciones, si bien las merecían por sus faltas, son también el camino que Dios ha escogido para manifestar su ternura y su omnipotencia. Pues, y esta es una de las novedades de esta profecía, el Dios de Israel es el salvador de todas las naciones, pero ha querido que Israel sea su servidor y lleve a buen término esta salvación, cargando con el peso del mundo. Esta revelación va en contra de todo a lo que aspiramos naturalmente. Es tan extraña que la mayoría de los judíos que volvieron de Caldea olvidaron pronto el mensaje y sólo tuvieron como proyecto restaurar el antiguo reino de David. Cuando Jesús proclame el Reino en la misma línea del profeta del Exilio, los judíos en su mayoría le opondrán la Ley y el ritual del Templo. Pues es una tentación permanente confundir la ciudad de los hombres con la Ciudad de Dios, y los discípulos de Jesús, algunos siglos después, mostrarán la misma ceguera al tratar de hacer realidad el viejo sueño de la Cristiandad. Con el "segundo Isaías", este autor anónimo de los capítulos 40-55, se abre un nuevo camino. Este camino será él de los "Pobres de Yavé", los que, como María, los apóstoles y los discípulos, sabrán reconocer en Jesús de Nazaret al Enviado de Dios prometido por los profetas.

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