Hechos. 1, 1 - 26

Hechos 2 ►

LUCAS PRESENTA SU LIBRO

[1] En mi primer libro, querido Teófilo, hablé de todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar. [2] Al final del libro, Jesús, lleno del Espíritu Santo, daba instrucciones a los apóstoles que había elegido y era llevado al cielo.

LA ASCENSIÓN DE JESÚS

[3] De hecho, se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. [4] En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: [5] Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.» [6] Los que estaban presentes le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» [7] Les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer los plazos y los pasos que solamente el Padre tenía autoridad para decidir. [8] Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra.» [9] Dicho esto, Jesús fue levantado ante sus ojos y una nube lo ocultó de su vista. [10] Ellos seguían mirando fijamente al cielo mientras se alejaba. Pero de repente vieron a su lado a dos hombres vestidos de blanco [11] que les dijeron: «Amigos galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús que les han llevado volverá de la misma manera que ustedes lo han visto ir al cielo.»

LOS DISCÍPULOS ESPERAN AL ESPÍRITU SANTO

[12] Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista de la ciudad como media hora de camino. [13] Entraron en la ciudad y subieron a la habitación superior de la casa donde se alojaban. Allí estaban Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelotes, y Judas, hijo de Santiago. [14] Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañia de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

ELECCIÓN DE MATÍAS

[15] Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos -había allí como ciento veinte personas-, y les dijo: [16] «Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, [17] era uno de nuestro grupo y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. [18] - Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. [19] Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre -. [20] Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella. Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. [21] Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros, [22] desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de nuestro lado. Uno de ellos deberá ser, junto con nosotros, testigo de su resurrección.» [23] Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. [24] Entonces oraron así: «Tú, Señor, conoces el corazón de todos. Múestranos a cuál de los dos has elegido [25] para ocupar este cargo, y recibir este ministerio y apostolado del que Judas se retiró para ir al lugar que le correspondía.» [26] Echaron a suertes entre ellos y le tocó a Matías, que fue agregado a los once apóstoles.

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[1] A lo largo del libro de los Hechos, los apóstoles afirman que son «testigos de la resurrección de Jesús» (2,32; 3,15; 5,32; 10,41; 13,31) Este testimonio no se apoya en vagos sentimientos o visiones dudosas, sino en las «pruebas» que Jesús dio a sus apóstoles después de su resurrección y cuyo eco son los evangelios. La mención de los cuarenta días es importante. Inspirada en las cuarenta semanas que el niño pasa en el seno materno, la cifra simbólica de cuarenta indica, a la vez, el tiempo de la prueba y de la maduración; es el tiempo de la espera de un nuevo nacimiento. Durante cuarenta días Jesús se preparó en el desierto para su misión de Salvador; durante cuarenta días los apóstoles se prepararon para la efusión del Espíritu y para su misión de testigos. En Jerusalén recibirán los apóstoles el bautismo en el Espíritu (5), que hará de ellos nuevas criaturas. El Espíritu, que aleteaba sobre las aguas (Gén 1,2) en el primer día de la creación, va a venir sobre ellos y va a inaugurar los tiempos nuevos. La Iglesia, cuyas «columnas» serán ellos, será en primer lugar y ante todo la obra del Espíritu Santo. Del Espíritu sacarán los apóstoles la fuerza para ser, en medio del mundo, testigos del resucitado. Serán mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra (8). Lucas entrega aquí el plano geográfico del libro de los Hechos (véase la Introducción). Pero, al mismo tiempo, nos muestra cómo toda la dinámica del Antiguo Testamento se transforma con la muerte y la resurrección de Jesús. Desde las primeras páginas del Génesis sabemos que el cielo y la tierra son de Dios, pues él es su Creador y todo le pertenece. Pero, con el llamado a Abraham y la marcha de Moisés, descubrimos que en este universo hay una tierra particularmente bendita de Dios, que es la tierra de la promesa. Cuando David se apodera de Jerusalén, esta ciudad pasa a ser la ciudad de David, pero también la ciudad de Dios. Desde entonces puede decirlo el Salmo: «Dios prefiere a Jerusalén por sobre todas las ciudades de Jacob» (Sal 87,2). Y es en esta ciudad santa, en la «colina del Templo», donde Dios tiene su morada (1 Re 8,29). Así, poco a poco, a medida que Dios camina al lado de su pueblo, la mirada se concentra en Jerusalén y en el templo. Pero, cuando los hombres hayan destruido el «Templo verdadero» (J 2,19), que es la humanidad del Hijo, clavándolo en la cruz, Dios hará brotar la vida de la muerte. Desde entonces una nueva dinámica se desarrollará desde Jerusalén hacia los otros lugares de la Tierra Prometida (Judea y Samaría), y desde la Tierra Prometida a los confines de la tierra. Cada uno de los Evangelios termina, a su manera, en un envío de los discípulos a misionar; de igual modo, desde las primeras páginas de los Hechos, Jesús recuerda a su Iglesia las exigencias de la misión. Por eso, cuando una comunidad en la Iglesia deja de ser misionera, ya no es más la Iglesia de Jesucristo. Jesús fue levantado ante sus ojos y una nube lo ocultó de su vista (9). Jesús multiplicó las «pruebas» de su resurrección con aquellos que tendrían que ser testigos de ella por vocación (1.3), pero le fue necesario mostrarles ahora el fin último de su resurrección. Al subir al Cielo en su última aparición, Jesús les reveló el sentido de su propia historia: había venido del Padre, y retornaba al Padre. Pero no vuelve solo, lleva consigo a todo «un pueblo de cautivos» (Ef 4,8) que arranca del poder de las tinieblas para hacerlo entrar en su reino de luz (Col 1,13). El se va para prepararnos un lugar a fin de que donde él está, estemos también nosotros (J 14,2-3).Por el momento, los discípulos están todavía en el mundo, en medio del cual deben dar testimonio de la realidad nueva inaugurada por Jesús, a saber, un reino que no es como los de la tierra, establecidos sobre el poder y el dinero (Lc 22,25-26), sino un reino de amor, de justicia y de paz. No hay que buscar este reino entre las nubes, pues ya está en medio de nosotros (Lc 17,20-21) y crece cada vez que nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios.

[2] He aquí a la primera comunidad en oración, un grupo de ciento veinte personas (15), en el que los apóstoles ocupan un lugar aparte. Las mujeres que aquí se mencionan son, en primer lugar, las del grupo que había venido con Jesús a Jerusalén (Lc 23,55). Lucas dio a María el primer lugar al comienzo del Evangelio, pues en ella el Espíritu cumplió su obra, y aquí se la debía mencionar cuando el Espíritu hiciera nacer a la Iglesia. Seguramente María jugó un papel decisivo durante esos días en que los apóstoles trataban de repensar todo lo que habían visto y aprendido de Jesús, pues sólo ella podía hablarles de la Anunciación y de muchas cosas de la vida privada de Jesús, ayudándoles así a entrar en el misterio de su personalidad divina. Pero de todo esto Lucas no dice nada. María ahora desaparece. A diferencia de los hermanos de Jesús que aspiraban al poder en la Iglesia, ella no es más que una presencia orante.

[15] Pedro actúa aquí como responsable de la Iglesia primitiva. La muerte de Judas produjo un vacío en el «colegio de los apóstoles», cuya cifra de doce recordaba evidentemente a los doce hijos de Jacob. Así como el antiguo Israel no aceptó nunca las divisiones que lo privaron de una o varias tribus, así también Pedro no puede aceptar que se le ampute al grupo de los Doce uno de sus miembros. Y Pedro apelará a la elección de Dios. Esta designación por la suerte, que hoy día nos sorprende, ¿no será una dimisión? No olvidemos, sin embargo, que estamos en una comunidad de cultura religiosa en la que se aceptan sin problemas los signos de Dios. Se pusieron condiciones para las candidaturas y se retuvieron sólo dos. ¿Pero, a quién elegir? Se ora a Dios para que dé a conocer su decisión y se atendrán a ella. Esta forma de elección en la oración y el abandono en las manos de Dios ¿no es por último tan buena como algunos votos, incluso de cardenales reunidos en cónclave, en los cuales los cálculos mezquinos se han sobrepuesto muchas veces, en el curso de la historia, a los verdaderos intereses de la Iglesia? Fijémonos, sin embargo, en las condiciones puestas por Pedro: Haber seguido al Señor Jesús desde el bautismo hasta el día en que nos fue quitado. El bautismo de Juan en el Jordán y la Ascensión serán el punto de partida y el término de la predicación evangélica (H 13,14-31). Ver la Introducción a Marcos. No está de más constatar que, al igual que en numerosos ejemplos del Antiguo Testamento, Dios elige al más modesto. Se ostenta la tarjeta de presentación del primero, que es José, llamado Barsabás, por sobrenombre el Justo, para decirnos que es Matías, sin otro nombre ni apellido, el elegido por Dios.

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