Mateo 15

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MANDATOS DE DIOS Y ENSEÑANZAS DE HOMBRES (MC 7,1)
[1] Unos fariseos y maestros de la Ley habían venido de Jerusalén. Se acercaron a Jesús [2] y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los antepasados? No se lavan las manos antes de comer.» [3] Jesús contestó: «Y ustedes, ¿por qué quebrantan el mandamiento de Dios en nombre de sus tradiciones? [4] Pues Dios ordenó: Cumple tus deberes con tu padre y con tu madre. Y también: El que maldiga a su padre o a su madre debe ser condenado a muerte. [5] En cambio, según ustedes, es correcto decir a su padre o a su madre: Lo que podías esperar de mí, ya lo tengo reservado para el Templo. [6] En este caso, según ustedes, una persona queda libre de sus deberes para con su padre y su madre. Y es así como ustedes anulan el mandamiento de Dios en nombre de sus tradiciones. [7] ¡Qué bien salvan las apariencias! Con justa razón profetizó Isaías de ustedes, cuando dijo: [8] Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. [9] El culto que me rinden no sirve de nada, las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres.

» MANCHA AL HOMBRE LO QUE SALE DE ÉL (MC 7,14; LC 6,39) [10] Luego Jesús mandó acercarse a la gente y les dijo: «Escuchen y entiendan: [11] Lo que entra por la boca no hace impura a la persona, pero sí mancha a la persona lo que sale de su boca.» [12] Poco después los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado de tu declaración?» [13] Jesús respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. [14] ¡No les hagan caso! Son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo.» [15] Entonces Pedro tomó la palabra: «Explícanos esta sentencia.» [16] Jesús le respondió: «¿También ustedes están todavía cerrados? [17] ¿No comprenden que todo lo que entra por la boca va al estómago y después termina en el basural? [18] En cambio lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impura a la persona. [19] Del corazón proceden los malos deseos, asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, mentiras, chismes. [20] Estas son las cosas que hacen impuro al hombre; pero el comer sin lavarse las manos, no hace impuro al hombre.

» JESÚS SANA A LA HIJA DE UNA PAGANA (MC 7,24) [21] Jesús marchó de allí y se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón. [22] Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio.» [23] Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros.» [24] Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.» [25] Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!» [26] Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.» [27] La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» [28] Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

SEGUNDA MULTIPLICACIÓN DEL PAN (MC 7,31) [29] De allí Jesús volvió a la orilla del mar de Galilea y, subiendo al cerro, se sentó en ese lugar. [30] Un gentío muy numeroso se acercó a él trayendo mudos, ciegos, cojos, mancos y personas con muchas otras enfermedades. Los colocaron a los pies de Jesús y él los sanó. [31] La gente quedó maravillada al ver que hablaban los mudos y caminaban los cojos, que los lisiados quedaban sanos y que los ciegos recuperaban la vista; todos glorificaban al Dios de Israel. [32] Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de esta gente, pues hace ya tres días que me siguen y no tienen comida. Y no quiero despedirlos en ayunas, porque temo que se desmayen en el camino.» [33] Sus discípulos le respondieron: «Estamos en un desierto, ¿dónde vamos a encontrar suficiente pan como para alimentar a tanta gente?» [34] Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?» Respondieron: «Siete, y algunos pescaditos.» [35] Entonces Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo. [36] Tomó luego los siete panes y los pescaditos, dio gracias y los partió. Iba entregándolos a los discípulos, y éstos los repartían a la gente. [37] Todos comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los pedazos que sobraron. [38] Los que habían comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños. [39] Después Jesús despidió a la muchedumbre, subió a la barca y fue al territorio de Magadán.

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[1] Ver el comentario de Mc 7,1.No se lavan las manos. Los fariseos defendían algo excelente y que nosotros mismos practicamos. Pero Jesús veía más lejos; todas esas buenas costumbres y prácticas religiosas (incluyendo los ayunos y las prácticas de meditación) se vuelven fácilmente en una cortina de humo que nos oculta lo esencial: una disponibilidad constante para responder a los llamados de Dios, y la confianza absolutamente simple en su misericordia, que es la única que nos puede salvar. Ver también el comentario de Mc 7,14.



[10] Ver el comentario de Mc 7,14.Todas las sociedades sienten la necesidad de distinguir el bien del mal, pero lo hacen con criterios humanos. Jesús juzga esos criterios. Puro e impuro. Para la sociedad judía, el culto de Dios era lo esencial, y se preocupaban antes que nada por distinguir lo puro de lo impuro. Jesús muestra que la verdadera pureza no es la que ellos buscan. El hombre no es puro por lo que entra en él (alimentos, contactos, ritos exteriores), sino por lo que sale de él: conciencia e intenciones buenas que producen actos agradables a Dios. No es seguro que los códigos de buena conducta de nuestra sociedad y de sus numerosas buenas sociedades no sean una manera más de distinguir a los puros de los impuros. Hasta en la misma Iglesia, en los siglos pasados, hubo una tendencia a atribuir a los ministros consagrados una "pureza" que les reservaba sólo a ellos el contacto con las cosas santas. De ahí que, durante la edad media, se llegó a no dar la comunión en la mano como se había hecho durante más de diez siglos.


[29] Jesús multiplicó el pan dos veces. Es uno de los milagros que más nos impresionan, pues la palabra "milagro" es con frecuencia desvalorizada. La Biblia emplea diversas palabras para designar lo que realmente aparece como una obra de Dios: signo, prodigio, obra poderosa. El milagro, en su sentido estricto, es todo eso a la vez: un «signo» por el cual Dios nos descubre su querer y el orden invisible del mundo; un «prodigio» que desconcierta nuestras previsiones, una «obra» que sólo Dios es capaz de realizar. La multiplicación de los panes es la clase de milagros que más choca a nuestros contemporáneos y a su fe absoluta en las "leyes de la naturaleza", las que ni siquiera Dios tendría el poder de sobrepasar o de ignorar sin contradecirse. Y aún cuando no se niegue abiertamente el testimonio de los apóstoles, se prefiere muchas veces evitar una toma de posición, diciendo por ejemplo: "El milagro es más bello aún si uno se imagina que Jesús solamente invitó a la gente a que compartiera sus provisiones individuales, y así hubo suficiente para todos: "¡un milagro de solidaridad!"Pero el Evangelio no pretende ensalzar la solidaridad; más bien quiere celebrar la libertad absoluta de Dios y de Cristo: hasta la naturaleza debe callarse, porque aquí se resucita a los muertos. Para un cristiano la creación no es una gran máquina que Dios entregó a los hombres después de haberla construido; al contrario, es un reflejo vivo de Dios. Las leyes naturales, que son sombra de la sabiduría, del orden y de la justicia que hay en Dios, no excluyen jamás la libertad. A lo largo de la historia cristiana, el Señor ha multiplicado y sigue multiplicando el pan, los alimentos y hasta los tarros de conserva, muy especialmente para aquellos que lo han dado todo o que lo arriesgan todo por él: basta oír los testimonios.

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