viernes, 26 de junio de 2009

Hechos 21, 1 - 40

LA VUELTA A JERUSALÉN

[1] Cuando llegó la hora de partir, nos separamos a la fuerza de ellos y nuestro barco salió rumbo a Cos. Al día siguiente llegamos a Rodas, y de allí, a Pátara, [2] donde encontramos otro barco que estaba para salir hacia Fenicia. Subimos a bordo y partimos. [3] Divisamos la isla de Chipre y, dejándola a la izquierda, navegamos rumbo a Siria. Atracamos en Tiro, pues el barco debía dejar su carga en aquel puerto. [4] Aquí encontramos a los discípulos y nos detuvimos siete días. Advertían a Pablo con mensajes proféticos que no subiera a Jerusalén; [5] pero a pesar de ello, cuando llegó la fecha en que debíamos marchar, partimos. Nos acompañaron todos con sus mujeres y niños hasta fuera de la ciudad, y llegados a la playa, nos arrodillamos y oramos. [6] Después de los abrazos subimos a la nave, mientras ellos volvían a sus casas. [7] De Tiro fuimos a Tolemaida, terminando así nuestra travesía. Saludamos a los hermanos y nos quedamos un día con ellos. [8] Al día siguiente nos dirigimos a Cesarea. Entramos en casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete, y nos hospedamos allí; [9] tenía cuatro hijas que se habían quedado vírgenes y tenían el don de profecía. [10] Llevábamos allí algunos días, cuando nos salió al encuentro un profeta de Judea, llamado Agabo. [11] Se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató con él de pies y manos y dijo: «Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos al dueño de este cinturón y lo entregarán en manos de los extranjeros.» [12] Al oír esto, nosotros y los de Cesarea rogamos a Pablo que no subiera a Jerusalén. [13] Pero él nos contestó: «¿Por qué me destrozan el corazón con sus lágrimas? Yo estoy dispuesto no sólo a ser encarcelado, sino también a morir en Jerusalén por el Nombre del Señor Jesús.» [14] Como no logramos convencerlo, dejamos de insistir y dijimos: «Hágase la voluntad del Señor.» [15] Pasados aquellos días, terminamos los preparativos del viaje y subimos a Jerusalén. [16] Algunos discípulos de Cesarea que nos acompañaban nos llevaron a casa de un chipriota, llamado Nasón, discípulo desde los primeros tiempos, donde nos íbamos a hospedar. PABLO ES RECIBIDO POR LA IGLESIA DE JERUSALÉN [17] Al llegar a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con alegría. [18] Al día siguiente acompañamos a Pablo a casa de Santiago, donde se habían reunido todos los presbíteros. [19] Pablo los saludó y fue contando detalladamente todas las cosas que Dios había realizado entre los paganos por su ministerio. [20] Todos, por supuesto, dieron gloria a Dios por lo que escuchaban, pero luego le dijeron: «Bien sabes, hermano, cuántas decenas de millares de judíos han abrazado la fe en Judea, y todos ellos son celosos partidarios de la Ley. [21] Y han oído decir que enseñas a todos los judíos del mundo pagano que se aparten de Moisés, que no circunciden a sus hijos ni vivan según las tradiciones judías. [22] De todos modos se van a enterar de que has llegado, y entonces ¿qué hacer?. [23] Reuniremos la asamblea, y harás lo que te vamos a decir. Hay entre nosotros cuatro hombres que han hecho un voto [24] y tú los vas a apadrinar. Te purificarás con ellos y pagarás los gastos cuando se hagan cortar el pelo. Así verán todos que es falso lo que han oído decir de ti y que, por el contrario, tú también cumples la Ley. [25] En cuanto a los creyentes de origen no judío, ya les hemos enviado instrucciones, pidiéndoles que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de la sangre y de la carne de animales sin sangrar y de las relaciones sexuales prohibidas.» [26] Pablo, pues, apadrinó a aquellos hombres. Al día siguiente se purificó con ellos y entró en el Templo para notificar qué día concluiría su tiempo de purificación y se ofrecería el sacrificio por cada uno de ellos. PABLO ES ARRESTADO EN EL TEMPLO [27] Estaban para cumplirse los siete días, cuando unos judíos de Asia vieron a Pablo en el Templo y empezaron a alborotar a la gente. Agarraron a Pablo [28] y gritaron: «¡Israelitas, ayúdennos! Este es el hombre que por todas partes predica a todos en contra de nuestro pueblo, de la Ley y de este Lugar Santo. Y ahora incluso ha introducido a unos griegos dentro del Templo, profanando este Lugar Santo.» [29] Decían esto porque poco antes habían visto a Pablo en la ciudad acompañado de Trófimo, natural de Efeso, y pensaron que Pablo lo había llevado al Templo. [30] La ciudad entera se alborotó. Concurrió la gente de todas partes, y tomando a Pablo, lo arrastraron hacia la salida del Templo; cerraron inmediatamente las puertas. [31] Querían matarlo, pero llegó al comandante del batallón la noticia de que toda Jerusalén estaba alborotada. [32] En seguida tomó consigo algunos oficiales y soldados y bajaron corriendo hacia la multitud. Al ver al comandante y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. [33] El comandante se acercó, hizo arrestar a Pablo y ordenó que lo ataran con dos cadenas. Después preguntó quién era y qué había hecho. [34] Pero entre la gente unos gritaban una cosa y otros otra. Al ver el comandante que no podía sacar nada en claro a causa del alboroto, dio orden de que llevaran a Pablo a la fortaleza. [35] Al llegar a las escalinatas, los soldados tuvieron que levantarlo y llevarlo en hombros a causa de la violencia de la multitud, [36] pues un montón de gente lo seguía gritando: «¡Mátalo!» [37] Cuando estaban ya para meterlo dentro de la fortaleza, Pablo dijo al comandante: «¿Me permites decirte una palabra?» Le contestó: «¡Pero tú hablas griego! [38] ¿No eres, entonces, el egipcio que últimamente se rebeló y llevó al desierto a cuatro mil terroristas?» [39] Pablo respondió: «Yo soy judío, ciudadano de Tarso, ciudad muy conocida de Cilicia. Permíteme, por favor, hablar al pueblo.» [40] El comandante se lo permitió. Entonces Pablo, de pie en la escalinata, hizo un gesto con la mano y se produjo un gran silencio. Después empezó a hablar al pueblo en lengua hebrea.

[1] Pablo «sube» a Jerusalén, y las manifestaciones del Espíritu Santo se suceden. Extrañas advertencias a Pablo para que no suba, siendo que justamente va atado por el Espíritu, es decir, sin posibilidad de tomar otra decisión. En esto vemos hasta qué punto el Espíritu de Dios se adapta al espíritu de aquél a quien inspira; los que advierten a Pablo saben y le dicen que le sucederá una desgracia, que ellos no quisieran. Pablo lo sabe y lo quiere.Tales manifestaciones ya no forman parte de la experiencia ordinaria de los cristianos, excepto de algunos grupos carismáticos. Sin embargo, cuando se toca el tema, uno descubre que muchas personas han tenido tales advertencias pero que no les han dado mayor importancia. El Espíritu pasa a través de nuestro espíritu como la luz a través de un grueso vitral cuyo color toma. Si ciertas «manifestaciones del Espíritu», tras las cuales corren algunas personas, son moneda corriente en religiones primitivas, ¿podemos creer que son las experiencias espirituales más deseables?Con todo, si el Espíritu de Dios quiere utilizar los «estados secundarios» y las fuerzas parasicológicas para hacernos sentir su presencia en esa fortaleza bien protegida que llamamos nuestro «yo» y donde pretendemos ser los únicos dueños, ¡bendito sea Dios! ¡Aleluya! Dejémosle que nos haga hablar en lenguas, y reír y llorar, con tal que eso rompa el hielo y abra las puertas de nuestra razón que lo sabe todo. Muchos cristianos se ríen de estas cosas, y tienen toda libertad para creer o no, ya que hay tantas ilusiones y charlatanerías. Unicamente debieran preguntarse si no están decididos a negar sistemáticamente cualquier manifestación de Dios en un mundo al que creen conocer bien, el de la experiencia humana. Si Dios no tiene el derecho de intervenir donde ponemos la razón y las leyes de la ciencia, ¿dónde queda la posibilidad de una comunión verdadera y confiada con él?Pues ahí está lo importante. El que renuncia a sí mismo y se da a Dios, ve al Espíritu cada vez más activo en su vida, no por visiones o maravillas, sino por una inspiración silenciosa. Se habitúa de tal modo a ella que ya no puede vivir sin ella. Sabe por experiencia que cuando la razón sugiere otra manera de actuar, esa inspiración interior es la buena. Desconfía, pues, de sus proyectos y se deja guiar por ese instinto espiritual. La Iglesia primitiva tenía sus profetas, pero quería que la comunidad discerniera para juzgar si se trataba realmente de un «espíritu de Dios» (1 Cor 14,29; 1 Tes 5,21; 1 J 4,1-3). La Biblia ya hablaba de profetas que profetizaban sin haber sido enviados, o que soñaban lo que querían soñar (Jer 29,8).El relato del viaje nos permite sentir la capacidad de acogida de esas primeras comunidades: se tenía sed de esos contactos con los hermanos venidos de otras partes, en una época en que las comunicaciones eran muy limitadas. Y además, ¿habrían celebrado una eucaristía con desconocidos de paso sin pedirles al menos que se dieran a conocer y que hablaran de su Iglesia? Pero era algo muy distinto cuando se trataba de apóstoles o profetas, pues, entonces se beneficiaban con manifestaciones del Espíritu y con un nuevo conocimiento de la Palabra junto con saber las novedades de la Iglesia universal.

[17] Cuando Pablo llega a Jerusalén, los cristianos de origen judío vienen a saludarlo, pero pronto lo amonestan. Cunde entre ellos el rumor de que Pablo no sólo no impone la Ley judía a los cristianos de origen pagano, sino que además invita a los judíos a abandonar la Ley. Le solicitan, entonces, que pruebe su fidelidad al pasado apadrinando a algunos creyentes que han hecho un voto muy costoso -por lo demás, si Pablo viene de tierra de griegos, ¡debe tener dinero y puede pagar!Los que insisten son los ancianos en derredor de Santiago, el hermano del Señor; son todos judíos de Palestina que, a pesar de su fe, continúan todavía muy apegados a las costumbres del Antiguo Testamento. Recalcan la importancia de la comunidad de Jerusalén, ¡decenas de miles de creyentes!, para hacer valer sus exigencias. Esos judíos eran tal vez todavía más numerosos que los creyentes del mundo pagano. Pablo acepta en pro de la paz, pero eso lo va a perder.

[27] Hay algunos puntos en común entre el arresto de Pablo y el de Esteban, algunos años antes (véase 6,9). Los judíos de Asia presentaban numerosas acusaciones, siendo la más grave que Pablo hubiera llevado al templo a un incircunciso. Había pues incurrido en la pena de muerte. Este es el hombre que adoctrina a toda la gente hablando contra nuestro pueblo, contra la Ley y contra este Lugar Santo: esas mismas acusaciones habían sido hechas a Cristo y a Esteban. La acusación era falsa; sin embargo, los judíos no estaban muy equivocados, pues Pablo formaba cristianos que reemplazaban el culto del Templo por la fe en Cristo; la obediencia a la Ley cedía su lugar a la sumisión al Espíritu, y el nacionalismo judío a la fraternidad universal de los cristianos. La indignación de los judíos se parece tal vez a la nuestra, cuando tememos que una apertura de la Iglesia al espíritu del Evangelio perjudique sus prácticas y sus instituciones, y por último debilite la solidaridad política de los católicos.Las tropas romanas disponían de una fortaleza junto al Templo, de donde vigilaban ese lugar, que era particularmente crítico. Merced a ello, los soldados pudieron intervenir antes de que Pablo corriera la misma suerte que Esteban.

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