Génesis 28, 1 - 22

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[1] Entonces Isaac llamó a su hijo Jacob, lo bendijo y le dio esta orden: «No te cases con ninguna mujer cananea. [2] Ponte en camino y vete a Padán-Aram, a la casa de Betuel, el padre de tu madre, y elige allí una mujer para ti de entre las hijas de Labán, hermano de tu madre. [3] Que el Dios de las Alturas te bendiga, te multiplique y de ti salgan muchas naciones. [4] Que Dios te conceda la bendición de Abrahán, a ti y a tu descendencia, para que te hagas dueño de la tierra en que ahora vives, y que Dios dio a Abrahán.» [5] Isaac despidió a Jacob, que se dirigió a Padán-Aram, a la casa de Labán, hijo de Betuel el arameo, hermano de Rebeca. [6] Esaú vio que su padre había bendecido a Jacob y lo enviaba a Padán-Aram para que allí se buscara una mujer. Escuchó también que, después de haberlo bendecido, le había ordenado: «No te cases con ninguna mujer cananea», [7] y que Jacob, obedeciendo a su padre y a su madre, se había ido a Padán-Aram. [8] Comprendió, pues, que las mujeres cananeas no agradaban a su padre Isaac. [9] Se dirigió a Ismael y tomó por esposa, además de las que tenía, a Majalat, hija de Ismael, hijo de Abrahán, y hermana de Nebayot.

SUEÑO DE JACOB

[10] Jacob dejó Bersebá y se dirigió hacia Jarán. [11] Al llegar a un cierto lugar, se dispuso a pasar allí la noche pues el sol se había ya puesto. Escogió una de las piedras del lugar, la usó de cabecera, y se acostó en ese lugar. [12] Mientras dormía, tuvo un sueño. Vio una escalera que estaba apoyada en la tierra, y que tocaba el cielo con la otra punta, y por ella subían y bajaban ángeles de Dios. [13] Yavé estaba allí a su lado, de pie, y le dijo: «Yo soy Yavé, el Dios de tu padre Abrahán y de Isaac. Te daré a ti y a tus descendientes la tierra en que descansas. [14] Tus descendientes serán tan numerosos como el polvo de la tierra y te extenderás por oriente y occidente, por el norte y por el sur. A través de ti y de tus descendientes serán bendecidas todas las naciones de la tierra. [15] Yo estoy contigo; te protegeré a donde quiera que vayas y te haré volver a esta tierra, pues no te abandonaré hasta que no haya cumplido todo lo que te he dicho.» [16] Se despertó Jacob de su sueño y dijo: «Verdaderamente Yavé estaba en este lugar y yo no me di cuenta.» [17] Sintió miedo y dijo: «¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que una Casa de Dios! ¡Esta es la Puerta del Cielo!» [18] Se levantó Jacob muy temprano, tomó la piedra que había usado de cabecera, la puso de pie y derramó aceite sobre ella. [19] Jacob llamó a ese lugar Betel, pues antes aquella ciudad era llamada Luz. [20] Entonces Jacob hizo una promesa: «Si Dios me acompaña y me protege durante este viaje que estoy haciendo, si me da pan para comer y ropa para vestirme, [21] y si logro volver sano y salvo a la casa de mi padre, Yavé será mi Dios. [22] Esta piedra que he puesto de pie como un pilar será Casa de Dios y, de todo lo que me des, yo te devolveré la décima parte.»

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[10] Jacob se dirigió hacia Jarán. Jacob va a buscar trabajo y esposa a la tierra de sus antepasados. En el camino tiene una visión en que Dios renueva con él su Alianza. A diferencia de Abrahán, que Dios llamó cuando ya era anciano y conocía lo que vale la vida, Jacob es el hombre que poco a poco toma conciencia de su vocación. Primero compró a Esaú sus derechos de primogénito, porque lo había juzgado y lo consideraba irresponsable; no por eso sabía el precio de la bendición del Dios de sus padres. Luego fue necesario que su madre le diera ánimo para que se arriesgara a robar la bendición. El se dejó persuadir y solamente después comprendió las consecuencias de su gesto: debía huir para salvar su vida. Pero en el momento en que Jacob debe enfrentar la vida azarosa de un forastero y prófugo, encuentra a Dios y por primera vez toma conciencia de su propia responsabilidad: él es en el mundo el único portador de las promesas de Dios. Responsable es la persona que sabe que debe dar cuentas, y que es capaz de responder de sus actos. Jacob entiende que deberá responder ante el Dios que lo ha elegido. Dios está en este lugar (16). Jacob se acuesta solo e indefenso, próximo a una ciudad poblada por extranjeros. Dios, sin embargo, le renueva las promesas hechas a sus padres y lo asegura con su protección: esta tierra algún día será suya. Esta es la Puerta del Cielo (17). Jacob ha visto el cielo abierto y los ángeles de Dios que hacían un puente vivo entre el cielo y la tierra: es la figura de la comunión con Dios que los hombres buscan con sus tan diversas religiones. Estas nos proporcionan algún conocimiento de Dios; el hombre pecador, sin embargo, por más que interiorice su búsqueda de Dios, no lo puede encontrar en el fondo de sí mismo, mientras Dios no ponga la escala. El único puente entre Dios y los hombres es Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, Dios y hombre a la vez. Jesús, aludiendo al presente texto (Jn 1,51), afirmará que él mismo es la Puerta del Cielo, porque, en su Persona, Dios ha estrechado a la humanidad. Le puso el nombre de Betel (19). Aquí encontramos, como en capítulos anteriores, leyendas populares. En Betel estaba desde siglos el templo del dios Betel, y también estaban las piedras levantadas y consagradas a las que se alude en 28,18. Betel puede interpretarse: Casa de Dios, y el escritor bíblico atribuye a Jacob esta apelación, así como la costumbre que hubo un tiempo de pagar el diezmo para el templo de Betel.

LOS SUEÑOS

A todos nos impresionan los sueños y tratamos de interpretarlos. Las más de las veces no anuncian nada, sino que indican lo que está pasando en nuestro interior, en nuestro subconsciente, lo que no podemos conocer claramente de nuestro propio espíritu. La psicología puede valerse de los sueños para descubrir huellas y heridas causadas en el pasado. Los sueños pueden también indicar y expresar presentimientos e intuiciones. Y la Biblia nos muestra a Dios (o sus ángeles) que se vale de los sueños para comunicarse con nosotros. En eso, Dios toma al hombre tal como es y teniendo en cuenta su manera de pensar. Cuando Dios interviene en un sueño, se reconoce por las consecuencias. «El árbol se conoce por sus frutos», dice Jesús. En tales casos, Dios mismo da la interpretación, sin que haya que buscar ni recurrir a nadie y nos deja con una paz total. Los hombres que tienen una fe purificada e instruida no pueden atribuir a los sueños la importancia que les daban los pueblos primitivos de la Biblia. Y sabemos que el Espíritu de las Tinieblas puede disfrazarse de ángel (2 Cor 12,10). Cuando, ahora, amplios sectores de la humanidad tienden a dirigir su vida por los sueños, esto no tiene nada que ver con la fe. En la misma Biblia, además de las condenaciones de Deut 18,10, se puede ver el ataque de Jer 29,8 contra los que provocan los sueños que desean. Ver también en Sir 34,1.

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